Publicado en el Diario de Teruel por Javier Ibáñez (Arqueólogo)
En 1911, Santolea era un próspero pueblo situado en una alta loma, en la margen izquierda del río Guadalope. Rondaba los 800 habitantes, cifra superior a la que actualmente tiene Cantavieja, capital de la comarca del Maestrazgo, en la que se ubica. Sus gentes vivían de la agricultura; además de la “triada mediterránea” (trigo, aceite y vino), cogía abundantes frutas, siendo famosas sus exquisitas manzanas. Contaba secretario, fiscal, juez, párroco, médico y veterinario; y con dos profesores, Lucas Daniel, para los chicos, y Concepción Herrero, para las chicas. También tenía múltiples comercios: una tienda de comestibles, dos carnicerías, dos carpinterías, una quincallería, una herrería e incluso una sastrería y una zapatería; y, como no, una tienda de vinos, un mesón y una expendeduría de tabacos. Un catálogo de servicios que, en el Teruel del siglo XXI, sería la envidia de gran parte de sus municipios.
Aunque había perdido un poco de población desde su máximo histórico de 1877 (847 habitantes), Santolea era un pueblo vivo, cuyas raíces se remontaban a la primera mitad del siglo XIII. Había surgido como una pequeña agrupación de masías, pertenecientes a la encomienda templaria de Castellote.